APRECIANDO LA MUERTE APRENDO A VIVIR.


Cuando me refiero a la vida, también estoy hablando, aunque sea de manera tácita, de la muerte.

En mi oficina y biblioteca tengo unas cuantas artesanías, algunas de ellas en cerámica, otras en piedra o en metal, en forma de cráneo/calavera.

Algunos familiares y amigos interpretan esto como una obsesión por la muerte, lo ven con miedo y como mal augurio.

A menudo, con asombro y algo de incredulidad, me preguntan el porqué de este “gusto” tan extraño (y hasta extravagante).

Para mí se trata de un objeto que juega un papel importante, como si se tratara de un espejo que me ayuda a recordar que la vida también se refleja en la muerte y la muerte se refleja en la vida.

La unión de estos dos conceptos crean no solo un ciclo de vida (se nace, se crece, se reproduce y muere) sino un circulo completo en donde no hay principio ni final, ya que donde “empieza” la una, “termina” la otra, y viceversa.


La vida y la muerte dependen la una de la otra y no pueden existir de forma separada.

La cercanía de aquel espejo me ayuda a recordar que si siento y experimento la vida tan cerca y real en cada instante que respiro, en cada instante que vivo, también la muerte está tan real e igualmente presente como la vida misma.

Entre más consciente soy de la muerte, más consciente soy de la vida.

Al ser más consciente de lo que significa el regalo de vida, me esmero por ser el mejor gerente y administrador de ella.

Al reconocer que la vida es tan efímera, que este cuerpo físico y terrenal no es inmortal, que en cualquier momento llegará esa última exhalación con la cual me despediré al menos de esta vida tal y como la he conocido, entonces crece en mi aún más una sincera gratitud hacia la vida y ahuyenta o apacigua el temor o miedo hacia la incertidumbre de la muerte.

La muerte es algo que no puedo detener o cambiar. Al aceptarlo así, he aprendido a valorar, apreciar y degustar con más humildad, gratitud, compasión y amor el regalo de la vida.

Aprender a vivir incluye el aceptar la muerte, meditar o reflexionar en ella como parte fundamental de la vida; y sin aprender a vivir, tampoco se aprende a morir.